jueves, 23 de abril de 2015

V

Ocupan tanto los vacíos que se convierte en imposible amueblar semejante caos.

Y es que te echo tantísimo de menos que las zancadas duelen, y tu coleta que ya no se balancea, y tu risa que ya no suena.

Te gritaría que por favor, que por favor, que vuelvas. Pero la imagen de la sacudida me abofetea inerte y tus ojos tristes jamás fueron peores actores de una realidad que no se mueve.

Pero tú no dejas de hacerlo, tan inmóvil.

La fragilidad-la tuya- me asusta.

Nunca me gustaron las muñecas de porcelana, y tus añicos arrasaron con un plástico que nos atábamos a unos cordones que sujetaban velocidades de vértigo.

Jodido kilómetro siete.

Deja de agitarte hojita grisácea, que el frío no es tan opaco, ni el suelo se agrieta por el peso,
y tus huellas esperan, y tus pies descalzos, al final de una curva que no tuerza.

Ojalá mis brazos no estuvieran a la altura de la caída, ojalá dejase de sostenerte y te lanzase bien arriba.
¿Lo ves? Si es que siempre llega, por mucho que tarde. Por allí hay un ocho, y después de la cuesta hay podium.
Paro mi reloj cuando crucemos.
Te espero.
Respiración a respiración.
Fortaleza y pulsaciones.


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